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sábado, 4 de julio de 2009

Conflicto psiquico y Mecanismos de defensa

Se llama conflicto psíquico a la oposición entre exigencias internas contrarias. Las instancias psíquicas entran en conflicto cuando el ello quiere “liberar” las pulsiones y el superyó las reprime. Es aquí donde media el yo poniendo en marcha los mecanismos de defensa.
Los mecanismos de defensa son procesos psíquicos inconcientes que pertenecen al yo y se traducen en conductas. Estos mecanismos se ponen en marcha para disminuir la angustia que le genera al yo el conflicto mencionado (el ello tiene ganas de… pero el superyó lo prohíbe) y para poder adaptarse. Por eso siempre al hablar de defensas suponemos la existencia de un conflicto.

El problema de los mecanismos de defensa es que nuestra potencia libidinal queda al servicio de conflicto, entonces si bien nos defienden de la angustia, le insumen mucha energía al yo dejándolo empobrecido para realizar otras tareas de la vida cotidiana (como trabajar, estudiar, vincularse amorosamente, etc.).

Es importante tener en cuenta que ninguna defensa es patológica en sí misma (de hecho, todos usamos constantemente conductas defensivas); lo que hace patológica a una defensa es la intensidad y rigidez con la que se la usa. Cuánto más amplio es el repertorio de defensas, más plásticos somos psicológicamente.

martes, 28 de abril de 2009

Segunda topica del aparato psiquico

En 1920, Freud plantea la segunda teoría del aparato psíquico que no anula la anterior sino que la integra (en el próximo post veremos cómo). En esta tópica se divide al aparato psíquico en tres instancias:
Ello: se dice que es el reservorio de las pulsiones ya que cuando nace el bebé es puro ello, pura pulsión y es incapaz de hacer una diferenciación yo-no yo. Esta instancia es totalmente inconsciente y por lo tanto su funcionamiento también se rige por el proceso primario. El ello busca la satisfacción inmediata de las tensiones que aparecen porque está regulado por el principio del placer-displacer.
Yo: tiene partes conscientes, preconscientes e inconscientes. Es una instancia que se desarrolla a partir del ello por un proceso de maduración y por influencia del mundo exterior. Al principio no hay diferencia entre yo (sujeto) y no yo (objeto) y a medida que se va desarrollando, el yo pasa por tres momentos:
  • Yo de realidad inicial: hay una primera diferenciación entre el adentro (son los estímulos constantes de los cuales no puede huir [pulsiones]. Por ejemplo el hambre) y el afuera (son los estímulos de los que puede sustraerse por medio de una acción muscular. Por ejemplo al estimularle la planta del pie puede retirarla o encoger la pierna). La satisfacción pulsional aún cuando provenga del objeto es experimentada como autoproducida.
  • Yo de placer purificado: el yo incorpora como propio todo lo que le da placer y expulsa lo que le produce displacer. El objeto es depositario de lo displacentero y se constituye en lo odiado.
  • Yo de realidad definitivo: el yo es capaz de discriminar el mundo interno del externo, se instaura el principio de realidad. Sus funciones principales son: percepción, memoria, pensamiento, dominio motor, represión, resistencia y examen de la realidad.
Superyó: tiene partes conscientes, preconscientes e inconscientes. Es la instancia normativa de la personalidad ya que es la que indica al yo qué está bien y mal según los valores transmitidos a través del sistema de castigos y recompensas inherentes al proceso de socialización. Es la última instancia en formarse y surge como consecuencia de la restricción de los impulsos libidinales y hostiles ligados al complejo de Edipo. Sus funciones son:
  • Ideal del yo: lo que hace que tengamos metas en a vida, estudiemos, trabajemos, etc.
  • Conciencia moral: lo que hace que sepamos lo que está bien y está mal
  • Autoobservación: lo que nos está evaluando constantemente

lunes, 6 de octubre de 2008

Sentimiento de culpa y Necesidad de castigo

¿De qué manera la cultura inhibe las pulsiones agresivas?

La cultura, para inhibir la agresión proveniente de Tánatos, la introyecta, es decir, la envía hacia el propio yo. Ahí, la agresión es recogida por el superyó. De este modo, el superyó contiene la agresión que el niño habría dirigido hacia el padre y no lo hizo para seguir siendo amado. El superyó ejerce contra el yo esa misma severidad agresiva. Esa discrepancia entre lo que quiere hacer el yo y lo que reclama el superyó genera sentimiento de culpa y se exterioriza como necesidad de castigo.

Bibliografía:
  • Freud, Sigmund. Obras completas. Volumen XXI. El porvenir de una ilusión, El malestar en la cultura, y otras obras (1927-1931). El malestar en la cultura (1930).