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miércoles, 11 de septiembre de 2013

El pensamiento animista del niño

El niño supone que sus relaciones con el mundo inanimado son iguales a las que tiene con el mundo animado. Por eso acaricia a los objetos como le gustaría que lo acaricien a él o golpea la puerta cuando se cierra violentamente porque cree que hay una mala intención de la puerta en ese cierre violento.
Piaget afirma que el pensamiento del niño sigue siendo animista hasta la pubertad. Los padres y los profesores se ocupan de afirmarle al niño que las cosas no pueden sentir ni actuar pero, por más intentos que hagan, en el fondo, el niño está seguro de la validez de sus ideas. Es debido a estas explicaciones racionales de los otros, que el pequeño oculta su "verdadero conocimiento".
Como ejemplifica Piaget, para un niño de 8 años, el sol está vivo puesto que da luz (y da luz porque quiere). Asimismo, para la mente animista de un chico, una piedra está viva porque puede moverse, por ejemplo, cuando baja rodando por una colina. En el pensamiento animista del niño, no solo los animales piensan como nosotros sino que también las piedras están vivas, entonces convertirse en piedra, implica quedarse en silencio e inmóvil por un largo rato por ejemplo.
Si no existe una clara línea divisoria entre las cosas vivas y muertas, las primeras pueden convertirse en las segundas y viceversa. Esto ocurre frecuentemente en los cuentos de hadas, por ejemplo, en "La bella y la bestia".
 
Bibliografía:
  • Bettelheim, B. (2012) Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Crítica.